La ansiedad es uno de los motivos más frecuentes por el que los pacientes acuden a consulta. Podríamos definirla como un estado físico y psicológico que nos pone en alerta ante la anticipación de una posible amenaza.

Es normal experimentar ansiedad ante determinadas circunstancias o cuando nos encontramos en momentos de estrés. Incluso tener cierto grado de ansiedad puede hacernos más eficientes a la hora de afrontar determinadas situaciones. Nos permite mantenernos alerta y concentrados para enfrentarnos eficazmente a una situación amenazadora o difícil.

El problema surge cuando el nivel de ansiedad alcanza una intensidad donde se sobrepasa la capacidad adaptativa de la persona, produciendo un malestar clínicamente significativo o deterioro en lo social, laboral u otras áreas importantes de la persona.

Veamos cuáles son algunos de los síntomas que la conforman.

Por un lado, los síntomas físicos que solemos experimentar son sudoración, mareo, temblor, tensión muscular, cefalea, taquicardias, náuseas, vómitos, diarrea o estreñimiento. Y por otro, los síntomas psicológicos y conductuales más comunes son la preocupación, la sensación de agobio, la aprensión, el miedo a perder el control, la dificultad de concentración, las quejas sobre pérdida de memoria, la irritabilidad, la inquietud, la inhibición, las obsesiones y compulsiones, y las conductas de evitación de determinadas situaciones.

¿Qué tiene que ver el miedo con la ansiedad? El miedo es la emoción estrella de la ansiedad.Es una emoción adaptativa que surge cuando interpretamos una situación como peligrosa. Su función es alertarnos y empujarnos a reaccionar para evitar el peligro, huyendo, luchando o pidiendo ayuda (ej. Pedir ayuda cuando nos atracan por la noche con un arma). La diferencia entre éste y la ansiedad, es que tenemos miedo ante la presencia de algo peligroso y sentimos ansiedad ante la anticipación de algo peligroso (ej. no salir a la calle de noche por miedo a ser atracado). Por tanto, sentimos miedo ante una situación real que estamos viviendo y que interpretamos como peligrosa. Sin embargo, la ansiedad aparece cuando anticipamos una posible amenaza. Puede ser una amenaza tanto física (que me muerda un perro, tener un accidente de tráfico) como psicológica (quedar en ridículo delante de todos).

Nuestros pensamientos juegan un papel muy importante en la ansiedad dado que cómo interpretemos la situación va a ser lo que determine la aparición o no de ésta. Por ejemplo: “Sería horrible que me saliera mal la presentación de mañana porque quedaría en ridículo y van a pensar que no soy suficientemente bueno/a en mi trabajo.” Si interpreto un posible fallo como una catástrofe por la que juzgarán mi valía profesional sentiré ansiedad, mientras que si interpreto un posible fallo como una oportunidad de la que aprender aceptando que todos podemos equivocarnos no sentiré ansiedad, por ejemplo: “Si mañana meto la pata en la presentación me servirá para aprender y estar más preparado/a la próxima vez, además, cualquiera puede equivocarse, no pasa nada.”

Sin embargo, los pensamientos no son el único factor a tener en cuenta, existen otras variables que nos hacen  propensos a sentir ansiedad. Todos nacemos con un temperamento único que en parte determina la mayor o menor  predisposición que tenemos a sentir ansiedad. Así mismo, el aprendizaje, la educación que hemos recibido, las vivencias que hemos tenido y la interpretación que hemos hecho de ellas… van a determinar cómo nos sentimos y reaccionamos ante lo que nos ocurre. El miedo a fracasar, a no cumplir expectativas, a sufrir, a ser abandonado, al rechazo, a estar solo, a la crítica, a un objeto o situación específica, a perder el control… todos ellos están basados en creencias y esquemas mentales que hemos ido construyendo con el tiempo y que definen gran parte de quienes somos.

En próximos artículos, veremos cómo trabajamos en consulta estos factores para conseguir un equilibrio sano que nos permita disfrutar y despojarnos de los miedos que nos limitan.

Dejar un comentario