El duelo es el proceso normal que sigue a la pérdida, cualquier tipo de pérdida, aunque en este artículo nos centraremos en la pérdida de un ser querido por muerte. En cuanto a su etimología, la palabra “duelo” proviene del latín “dolus” que significa “dolor” por lo que su propio nombre nos indica que no hay duelo sin dolor.

Si desgranamos un poco más la definición anterior, vemos que es un proceso, por lo que consta de un inicio y un final. Sin embargo, no hay un tiempo determinado para su elaboración dado que no existen universalidades en el duelo, todos son diferentes, no existe un duelo igual a otro.

Esta particularidad de cada duelo se debe a que en él influyen distintos factores, como el tipo de relación que se tenía con el fallecido, el modo en que se produjo la muerte, los recursos personales del doliente, el apoyo social percibido, las experiencias previas de duelo y la Fe entre otros. Todo ello hace que cada duelo sea único e irrepetible.

Así mismo es un proceso normal que sigue a la pérdida, por lo que la terapia no es necesaria en la resolución del duelo sano, solo lo será en el caso del duelo complicado o patológico.

El apoyo social es un elemento clave en la vivencia del duelo, sin embargo, con frecuencia el entorno social del doliente no sabe cómo ayudarle y tiende a ensalzar la positividad y a minimizar o evitar su dolor. A continuación vemos algunos de los mitos o creencias erróneas más extendidas sobre el duelo.

En nuestra sociedad abundan ideas preconcebidas sobre el duelo que pueden entorpecer su elaboración, una de ellas es pensar que el tiempo lo cura todo. Sin duda la resolución del duelo requiere tiempo, pero el tiempo por si solo no va a ser suficiente sino que dependerá de nuestras acciones durante ese tiempo (sentir y explorar ese dolor o evitarlo, compartir nuestra vivencia con los demás, conservar o deshacernos de las posesiones del fallecido, etc.). Como vemos, el duelo lejos de suponer un periodo pasivo de espera, implica un montón de decisiones.

Otra creencia bastante frecuente es la de “hay que ser fuerte” o “no lo pienses, lo que tienes que hacer es distraerte”. Ambas ideas nos dan a entender que debemos evitar pensar en ello porque es doloroso o que expresar lo que sentimos es un signo de debilidad. Debemos tener cuidado con estas afirmaciones puesto que pueden suponer un bloqueo emocional que no solo no ayuda a resolver el duelo sino que puede complicarlo. El duelo supone dolor, supone sufrimiento, y para elaborarlo necesitamos digerirlo, darle espacio y permitirnos sentirlo aunque nos asuste, porque de lo contrario quedará encapsulado y podrá transformarse en un duelo complicado.

¿En qué se diferencia el duelo normal del duelo complicado?

A continuación, señalamos algunas de las características del duelo complicado basándonos en las aportaciones del investigador y experto en duelo William Worden.

  • No poder hablar del fallecido sin sentir un enorme dolor.
  • Reaccionar de forma intensa emocionalmente ante acontecimientos poco relevantes.
  • No querer desprenderse de las posesiones del fallecido pasado un tiempo, o desprenderse de ellas de forma precipitada después de su muerte.
  • Desarrollar síntomas físicos como los que padeció el fallecido antes de morir.
  • Realizar cambios drásticos en su estilo de vida o evitar las personas o actividades sociales relacionadas con el fallecido.
  • Sentir culpa persistente o una falsa euforia.
  • Impulsos destructivos.
  • Una fobia o ansiedad hacia la enfermedad o la muerte.

Cuando el duelo supera los recursos personales del doliente se aconseja la terapia para ayudar a su elaboración.

Como hemos visto, el duelo es un proceso natural pero complejo. Nuestra forma de entender el mundo se ve alterada por la pérdida por lo que el duelo supone tener que reconstruir nuestro mundo de creencias y parte de nuestra identidad. Tendremos que redescubrir quienes somos tras esa experiencia de pérdida, “construir un puente que comunique el pasado con un futuro cambiante e impredecible”. (R. Neimeyer)

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